MENSAJE PASTORAL
“Este mensaje, primera expresión de mi presencia pastoral en la Arquidiócesis, quiere ser revelación de la sencillez con la que amo y de la fe en la que humildemente vivo. Me llena de alegría y confianza la segura fidelidad a la iglesia, que he cultivado de por vida y el hondo sentido humano que recibí de mis padres y con el cual he descubierto el rostro hermano de cuantas personas encontré en mis caminos”. “Pide la iglesia –Madre y Maestra- (L.G.41) que el obispo “cumpla su ministerio con santidad y audacia, con humildad y fortaleza”. No soy Santo; he temblado muchas veces me he aferrado a la humildad para no caer en la tonta tentación de la soberbia y he debido refugiarme en el reconocimiento de mi pequeñez para alcanzar fortaleza de quien hace obras grandes con los más pequeños (Lucas 1,47)
Tengo conciencia de mis limitaciones y de las graves exigencias del ministerio que se me ha conferido; pero llevo conmigo rica provisión de esperanza en las respuestas de la grey confiada”. “No me ha deparado la vida ocasión suficiente para conocer, en todos los valores y problemas a la comunidad eclesial del Azuay. Necesito entrañarme en su alma en su fondo comunitario e individual, en sus costumbres y tradiciones, en sus valores presentes y en sus aspiraciones de todo orden. Este propósito lleva tiempo y quiero consumirlo, gastarlo, viviendo en cada instante en comunión y participación de intereses con todos los que, en la Arquidiócesis de Cuenca, construyen el Reino, la Comunidad de hermanos hijos de un solo padre. (Juan 3,17-18)”. “La misión pastoral debe eliminar dedicatorias y prioridades selectivas, porque el amor no tiene fronteras ni se lotiza. Por eso quiero que mi acción arzobispal carezca de especialidades en lo que se refiere a los objetivos personales de ella: todos somos hermanos, pero el modo de comprometerme orientar mi entrada debe sujetarse a las exigencias reales de los ambientes más necesitados: los padres, la familia, la juventud, las vocaciones sacerdotales y religiosas, los promotores culturales, sociales, políticos y económicos de la nueva civilización de amor (Puebla 1134 y ss)”.
“Esto no implica descuido de ningún sector humano ni menor aprecio de aquellas situaciones que frecuentemente se consideran contrarias a las necesidades y que llevan tantas veces, con sus contenidos de auténtica capacitación social promotora, muchas cruces íntimas solitarias. A todos me llegaré; con todos contare para la construcción del Reino, en la que el aporte de todos sin excepción alguna conforma la unidad e integración de lo construido. La exclusión voluntaria de una sola alma abre vacíos que los llena el sentimiento. Con la ayuda del Señor, jamás excluiré a nadie de mis caminos”. “Me ha llegado el momento de acudir a todos mis hermanos sacerdotes del presbiterio de Cuenca, desde lo más ancianos hasta los de la última llamada divina; a los religiosos y a las religiosas que enseñan, promueven en calidad, mantienen en silencio y soledad clausurados, la lámpara encendida de la fidelidad, a los laicos que encarnan a Cristo diariamente en la misión profética y redentora de cada instante de fe y amor participados”.
“A todos acudo para pedirles que me ayuden a edificar la iglesia, sobre las huellas amadas de mis predecesores, a cuya sombra sabia y santa me acojo”. “La edificación de esta iglesia requiere, sobre todo, la conformación y mantenimiento de una sola comunidad de fe, en la que el obispo tiene misión de maestro. “Las palabras que me confiaste se les ha entregado y ellos las han recibido. (Juan 17,3) dice Cristo en trance de muerte, con amorosa y dolorosa unción. Nosotros, pastores debemos hacer propias estas palabras y entregárselas a un pueblo que tiene ansiedad de oír la voz de Dios, que debemos volver a pronunciarlas sin versiones que escondan interés de cualquier especie. La misión esencial del Obispo es evangelizadora y el evangelio de ser entregado con la sencillez y autenticidad con la que Cristo nos entregó la palabra de su padre. Tan solo así formaremos comunidades vivas de fe”. “Según los hechos de los Apóstoles (6,4) ellos “se mantenían perseverantes en la oración y en el ministerio de la palabra”; nosotros debemos reconocer que, si el Obispo es Pontífice en la Comunidad Santificadora no se configura sino es en una intensa vida comunitaria de oración, de la que es cumbre la Liturgia, sobre toda eucarística. Un Obispo no puede sentir la condición comunitaria de su diócesis, si no la siente unida en la plegaria que santifica que ilumina, que purifica y transforma, pero un modo especial, el obispo tiene que hacer de la oración y la liturgia la expresión definidora de la vitalidad eclesial, de su diócesis. Este un propósito que celosamente defenderemos en la acción pastoral confiada por el Señor unido al presbiterio arquidiocesano, perseveraremos en la oración y en la palabra, pronunciando y viviendo litúrgicamente de tal modo que el Señor sea honrado en nuestras alabanzas. Con amor fiel mantendremos las hidalgas, tradiciones eucarísticas y mariana de la religiosidad popular, haciéndolas fuentes inexhaustas de vida comunitaria”.
“Muy grave y exigente es el ministerio que le corresponde al Obispo como Padre y Pastor en la comunidad jerárquicamente ordenada; ante todo y por el bien común de la iglesia y en particular de su diócesis, debe constituirse “en principio visible y fundamento de unidad” (L.G. 23), que no existe si no se corresponsabiliza a todo pastor, desde el catequista iniciado hasta el Obispo, con su ministerio especifico, en previo reconocimiento de su carisma y su formación, celosamente mantenida.
Por eso siento que el Señor pide de mi servicio jerárquico de Padre y Pastor, una dedicación personal –nimia, delicada y generosa- a volar y comprometer a todos los que, desde la comunidad jerárquica arquidiocesana. La jerárquica del servicio es carisma y compromiso humilde con la Providencia todohacedora del Señor”. “Conociéndonos y comprometiéndonos, conformamos la comunidad de amor, de la que el Obispo tiene natural presidencia y más urgente exigencia. La evangelización, la vida sacramental y litúrgica, la oración santificadora y el servicio jerárquico, alcanza el ápice de su versión humana y sobrenatural en el encuentro amoroso de los hermanos, en la comunidad de caridad. Nuestra generación y cultura exigen una educación para la caridad, a partir del más justo reconocimientos de derechos, que debe ser solícitamente implantado, dentro del contexto de una comunidad como la azuaya, en la que el cristianismo siempre fue fervoroso, precisamente por justo y generoso. La mejor expresión de amor es el reconocimiento sincero del derecho del prójimo y el estímulo eficaz para su realización. El amor no es regalo, sino entrega de la propia sustancia. Unidos todos construiremos, sobre la rica base de la tradición cuencana, una verdadera comunidad de amor. Viviremos una familia de hermanos sin mayor rango ni minusválidos”.
“Quiera el Señor que estas palabras sencillas, nos abran camino, para el encuentro de hermanos con todos y cada uno de los miembros de la comunidad Azuaya, para la que el Señor me ha destinado, por voluntad generosa de Nuestro Santísimo Padre, el Papa Juan Pablo II, felizmente reinante. Espero de María Santísima, celosa protectora de mi vida a Ella consagrada, que me ayude a mantenerme humilde y generoso. Con la bendición del cielo, seré siempre hermano”.
| Palabra | Frecuencia | Contexto Principal |
|---|---|---|
| comunidad | 12 | Unidad eclesial y fraternidad |
| amor | 8 | Servicio pastoral y relación con fieles |
| pastoral | 7 | Ministerio y acción evangelizadora |
| hermanos | 6 | Fraternidad y unidad |
| oración | 5 | Vida espiritual y liturgia |
| iglesia | 5 | Institución y comunidad de fe |
| obispo | 5 | Rol y responsabilidad jerárquica |
| fe | 4 | Dimensión espiritual |